Espacio de creación

 

 

Marcos Winocur

Doctor en Historia (EPHE-Sorbona). Alumno de Fernand Braudel, Pierre Vilar y Ruggiero Romano,  tesis doctoral (EPHE-Sorbona, París, 1973) publicada en Crítica/Mondadori, Barcelona, 1979 (serie general, #43) reediciones en México, Argentina y Chile. De la misma tesis, edición en francés, microfichas para bibliotecas, Hachette, París. Actualmente, profesor e investigador en la Universidad Autónoma de Puebla (Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades). Colaborador de Lateral, La Jornada, Universo de El Búho, La Jornada de Oriente, La Pensée, Europe, Le Mouvement Social y otras publicaciones. 

Un día, Marcos Winocur, historiador por título y oficio, declara: “la Historia no da lecciones sino sorpresas y, para sorpresas, mejor las fabrico yo.”  Y se vuelca a la Literatura.

 

Auto-presentación de Marcos Winocur

 

Como neuroreferencias y a modo de presentación. Hasta hace poco era un novato en el cyberespacio, creía que los virus en la computadora son resultado de no lavarse las manos antes de comenzar a teclear. Paso sin transición de la euforia al abatimiento, unos días me veo de frac recibiendo el Nobel, otros días corro escapando de quienes me persiguen para quitármelo.

 

Datos personales 

Nací en Córdoba, Argentina, hace tanto tiempo que ya no me acuerdo, pero no falta quien me lo recuerde: en 1932. Resido en Puebla, México. Cuando hablo de nacionalidad, prefiero identificarme como argenmex, ese mestizo cultural. Llegué a estas tierras escapando a la dictadura militar argentina  -dicho sea en sentido literal: saltando por los techos del vecino-.  Si me preguntaran cuál es la constante de mi vida, respondería sin temor a equivocarme: equivocarme. Declaro que  sobrevivo gracias al humor, evocado en situaciones límite. Sufro de la enfermedad de Parkinson. El café, sin azúcar, porfa.

    

     Agrego unas opiniones tomadas al azar sobre mis escritos:

 

“Geniales, el indispensable alimento de mi inconsciente... más: si tardo en consumirlo, me pasa lo que a Popeye sin espinacas: mi superyo se convierte en subyo.”

      Sigmund Freud

 

 

“Excelente. De todas mis lecturas, éstas constituyen mi más preciado capital. No se las pierda.”

     Karl Marx

 

 

“Bárbaro. Cada nuevo escrito de Marcos Winocur me sume en el pánico. ¿Qué tal si echa por tierra mis teorías? Vivo así la insoportable relatividad del ser. Estos textos harán de ti un hombre nuevo.”

      Albert Einstein

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¿QUÉ FUE PRIMERO?

                                                         

¿Qué fue primero? 

¿El huevo o la gallina?

1. El huevo. Respuesta equivocada, pase a la 3.

2. La gallina. Respuesta equivocada, pase a la 3.

3. Los dos al mismo tiempo. Me explico: uno es a condición del otro. Me explico todavía más: un huevo de gallina necesita, para entrar en existencia, provenir de una gallina; y una gallina, o es ponedora de huevos o no es gallina. Lo contrario, contraponer uno al otro, es considerar que ambos existieron desde siempre. Y no es así. Antes de la gallina, existió una pregallina, y antes del huevo existió un prehuevo. Increíble, pero cierto. Prehabitaba la pregallina un pregallinero, su precuerpo precubierto de preplumas, preponía prehuevos y la pregente se la precomía ¡y qué buen precaldo prepreparaba la premamá! 

¿Está preclaro?

 

Observación. Por eso, al cobarde se le dice ¡gallina! en tanto al que no lo es completamente, al rajón, se le dice ¡pregallina!

 

¿Qué fue primero?

¿El sombrero o la cabeza?

1. La cabeza. Repuesta equivocada, pase a la 2.

2. El sombrero. Un joven muy alocado, que no tenía cabeza para nada, estaba dándole y dándole vueltas en las manos a un sombrero. ¿Y esto para qué sirve? se preguntaba, hasta que lo descubrió y a un tiempo se puso cabeza y sombrero.

 

Observación. Después de eso, se hizo popular el dicho: no pierde la cabeza porque la lleva puesta.

 

¿Qué fue primero?

¿El paraguas o la lluvia?

1. La lluvia. Respuesta equivocada, pase a la 2.

2. El paraguas. A pesar se ser una notable invención, su autor se pierde en el anonimato, como ocurre con el agua tibia y el hilo negro. Nuestro desconocido autor predijo la lluvia y, además, la nieve y el granizo, y todos se mofaron de él. El agua corre por el suelo, decían y agregaban: ¿cómo va a caer del cielo? ¿y quién pudo subirla allá arriba? ¿y cómo se sostiene? ¿y algunas veces cae hecha hielo...? Y todos se doblaban de la risa. Los argumentos eran aplastantes y el inventor del paraguas, y a la vez profeta de la lluvia, la nieve y el granizo, solitario, se paseaba con su paraguas hasta que un día... hubo un verdadero diluvio, y fue el único que no se mojó.

 

Observación. De ahí viene eso de abrir el paraguas antes de que llueva.

 

¿Qué fue primero?

¿Lo frío o lo caliente?

1. Lo frío. Respuesta equivocada, pase a la 3.

2. Lo caliente. Respuesta equivocada, pase a la 3.

3. Lo tibio, que un día se dividió en dos: lo frío se fue a los polos y lo caliente a los trópicos, contradiciendo abiertamente a la entropía de los físicos.

 

Observación. No se me ocurre ninguna.

 

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NO ES CORONEL Y TAMPOCO TIENE QUIEN LE ESCRIBA     

 

-Cosmar Curnowi.

-Disculpe, señor ¿podría repetirlo?

-Cos-mar   Cur-no-wi.

-Un momento, por favor.

Y regresando del fondo de la oficina de correo:

-No señor, nada a ese nombre.

 

La escena se repite diario a lo largo del año. Por fin,   hay carta para el señor Cosmar Curnowi. Tan confundido queda al recibirla, que se marcha sin saludar. Son las vísperas de Navidad y los empleados de correo, conmovidos por la inútil fidelidad, le han escrito una carta deseándole felices fiestas. Pero el señor Cosmar Curnowi nunca regresa al correo. Un mes más tarde, muere. Entonces se sabe que en realidad se llama Marcos Winocur, un alto de cartas a su nombre es devuelto a los remitentes.

 

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FELICES DESENCUENTROS O CÓMO ESCAPÉ A LA DICTADURA MILITAR 

 

Pero decime ¿sos boludo o te hacés el boludo? ¿Quién te entiende? Uno lee tus historias y nunca sabe adónde vas a ir a parar. ¿Cuándo escribís en serio, cuándo no? ¿Cuándo sos vos contando, cuándo es un personaje imaginario hablando en primera persona? Esta historia... bueno, si se trata de aclarar, antes que nada: el susodicho boludo es un insulto argentino usado familiarmente.  Muy bien, pero no nos vayamos por las ramas. Decía que esta historia...

 

         Esta historia es tan real y tan mía que se me pone la piel de gallina de sólo recordarla, a pesar del casi cuarto de siglo transcurrido. Estoy hablando del 20 de enero de 1980, alrededor de las 08 pm, en Córdoba, Argentina. Y te la cuento sin ponerle ni quitarle.

 

          Vivimos bajo la dictadura militar y es verano,  un día de mucho calor. Por toda ropa llevo un short resultante de un levis recortado. Llaman a la reja de entrada, distante unos treinta metros. Voy, atiendo, me llegó la hora: están vestidos de civil, son cuatro en el clásico ford Falcon de los secuestros, se presentan como de la policía, con tono neutro uno me ordena acompañarlos.  El instinto me dice que debo mostrar acatamiento. Cómo no, iré con ustedes, pero no puedo así, le ruego me permita vestirme. Pasan dos, los otros quedan a la entrada.

 

          Es un terreno multifamiliar, ocupado por dos viviendas. Detrás de la casa de mi cuñado está la mía, que no se distingue a menos de dar la vuelta, trámite que omito y los tres entramos a la casa de mi cuñado como si fuera la mía y única en ese solar. ¿Por qué? Es la que permite el acceso a los techos. He tenido tiempo de recobrar la sangre fría, y he aquí que las visitas cometen un error: se quedan al pie de la escalera a esperarme mientras yo subo a los dormitorios supuestamente a vestirme. Una imagen refuerza mi decisión: los judíos bajo el nazismo entregándose pasivamente rumbo a las ejecuciones. Pensarlo y salir por los techos y saltar a los fondos de la casa contigua, fue uno. El cuerpo lo decidió antes que la mente. La vecina, espantada, con tal que desapareciera el loco semidesnudo descolgado de los techos, me abrió en el acto la puerta de salida a la calle lateral. Por toda explicación, yo le había dicho: unos malvados me persiguen, déjeme salir por aquí.

 

          Estaba libre, escapado cuando ya me tenían en sus manos, libre a condición de actuar con inteligencia. Necesitaba ropa, no tenía dinero. A pocas cuadras vivía un familiar, fui por dinero. Me lo dieron, conversamos un momento y salí. Y apenas cerrada la puerta, doy unos pasos por la acera y ¡me los cruzo! De alguna manera, habían averiguado esa dirección. Con la sangre en el ojo, después de haber sido burlados, se precipitaban a la puerta de la casa, sin mirar a los costados. Debo confesar que tuve un momento de debilidad. Creyéndome a punto de ser atrapado, mi mente preparó algo así como un bueno, bueno, parece que ustedes tienen mejor suerte que yo. Frase más que idiota porque definitivamente no iba a caerles simpático. Gracias a todos los santos del cielo, no hubo oportunidad de pronunciarla. Con mis perseguidores sólo cabía de momento poner distancias. Y éstas se dirían reducidas al mínimo cuando casi nos topamos. Tan seguidas, tan instantáneas fueron mi salida y la entrada de ellos por la misma puerta, que en la casa no dudaron: me habían atrapado. Y por cierto que tenía cuentas a rendir.

 

          Había acumulado en mi vida más de un pecado: comunista, expulsado de la universidad; y mi biblioteca, mudada a otro domicilio, acababa de caer en manos del ejército. Como si fuera poco, un tiempo atrás había publicado en España mi libro sobre Cuba, temerariamente fechado en Córdoba, Argentina, esto es, la confesión de un delito: haberlo escrito bajo la dictadura. A estos pecados, se sumaba ahora el trato descortés que daba a las visitas dejándolas plantadas, y no dudo que a los ojos de la represión esta lista pecaba de incompleta.

 

         Mejor que continuara teniendo suerte. Luego de tan felices desencuentros, tomé un taxi y recurrí a compañeros que me proporcionaron ropa, el short levis aún lo conservo como recuerdo. Uno de ellos me acompañó a la terminal donde tomé un autobús a Buenos Aires. No traía credencial alguna, y de poco me habría servido, captura recomendada. Cuando el autobús hizo un alto en un retén del ejército, me hice el dormido y en realidad lo estaba a medias, después de tantas emociones había caído en una suerte de sopor lúcido. Era de madrugada y al soldadito encargado del trámite se le cerraban los ojos de sueño y quería acabar rápido, me pasó por alto. Sin contar que el prototipo de subversivo argentino de entonces andaba por los veinte años, y mi edad había duplicado con creces esa cifra y cubierto de nieve la cabeza. En fin, la suerte no me abandonaba.

 

          Llegué a Buenos Aires, mi familia cerró filas y salí del país en forma clandestina, y aquí estoy gracias a la solidaridad de México. En fin, es una aventura para contar a los nietos... si por un momento consienten en apagar la tele, aunque más no sea para darle un gusto al abuelo y, luego que acabe el relato, se ahorren el comentario de ¿quién te mandó, abuelo, a meterte en líos?

 

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destiempos.com  I  Año 1 I  Número 2 I  2006 ©