Espacio de creación

 

 

 

 

 

 

Libros

Daniel Alejandro Gómez

 

 

            Los recuerdos son ahora bastante frescos; hoy día, estas cosas que parecían sepultadas para siempre en el tiempo, han vuelto a mí. En esta tarde, con las emociones a flor de piel, es hora, pienso, de llevarlas al papel.

            Yo tenía veintidós años. Aunque de pequeño no me gustaba ir a la Capital, a la ciudad de Buenos Aires, en aquel momento sí, porque había descubierto mi vocación y mi felicidad. Y tenía un guía, el doctor Arrambide.

            Debo explicar cómo comenzó todo. Trabajaba en un kiosco de diarios de Villa Adelina. Sin embargo, era muy apático, nada me gustaba. La gente me inspiraba una fría aversión; nada entendía de tener una vocación, pese a ser muy joven. Sin embargo, un día enigmático, recordé una vieja afición de cuando era niño: los libros de aventuras. Y es algo curioso, es algo curioso cómo vienen los recuerdos. Yo estaba en un colectivo, y todo fue tan inconsciente que no guardo memoria del lugar exacto por donde iba el colectivo, excepto que era de noche. De pronto, como una imagen largamente guardada en un cofre de tesoros, como el refugio en medio de una tormenta, vi algo en mi mente, abstrayéndome del todo de la gente del colectivo, del viaje, de la noche.

Era un libro, un libro que me había regalado mi padre cuando chico. Por alguna razón- yo no sabía entonces explicar a la razón- , la imagen me hizo sentirme seguro, protegido, aunque claro que no sabía porqué. Durante los meses siguientes, acaso todo el año siguiente, aquella imagen y otras-por ejemplo la biblioteca, las cajas de libros, mi viejo escritorio lleno de libritos infantiles-me daban una seguridad, un llamado; en fin, una vocación. Sentía incluso algo corporal con estas imágenes. Los libros hacían correr a mi sangre, y experimentaba una calidez en todo el cuerpo. Estaba relajado con esta visión que, persistente y benignamente tenaz, venía una y otra vez a mí; tan calmo estaba que mi natural nervio y apatía social fueron remitiendo.

            Finalmente, una mañana me levanté con la resolución de saber algo más acerca de esta memoria proustiana, digamos, acerca de la cual nada desentrañaba racionalmente. Empecé, entonces, a ir a las librerías. Pero recuerdo especialmente una góndola de libros, en un supermercado. Ahí practiqué la veracidad de mi afición. Rozaba los libros con la yema de los dedos, y sentía un soplo de vida en mí. La gravidez vital de estos objetos me fascinaba. Muchas veces volví a la góndola, en medio de la noche, en las lluvias, en el invierno, mientras el tiempo pasaba y pasaba y yo seguía aferrado a mis imágenes.

            Un día de esos de lluvia- estábamos en el otoño-, un señor, en ese supermercado, me abordó. Es menester decir, ahora, que nada diré acerca de si ya había visto a este hombre, o si el sujeto, con una relación hacia mí muy distinta y extraña respecto a la cual lo presentaré en las líneas siguientes, fue en virtud de su profesión el causante de las imágenes purificadoras de las que ya he hablado.

            Soy el doctor Arrambide, me dijo, extendiéndome una de sus forzudas manos. Quisiera que viniera a mi consultorio. Para hablar de libros.

            Me dio una tarjeta, y, aunque era doctor, en ella nada decía sobre su especialidad.

            Singular invitación, pero también singular era mi estado de ánimo. Así que un día comencé a ir a la Avenida Córdoba, donde vivía Arrambide, en la Capital. Las sensaciones benignas en mi cuerpo hicieron presa de mí, allá en la ciudad.

Viajaba en colectivo. Me bajaba en la Avenida, y ahí, en una esquina, estaba la librería El Aleph. La Avenida- repito que los recuerdos son frescos y tengo cierta necesidad de ser minucioso, catárticamente minucioso- tenía unas veredas amplias, y yo cruzaba en una esquina con línea de peatones.

El doctor Arrambide atendía en un edificio. El frente del edificio era un arco de mármol. No recuerdo, sin embargo, cómo era el ascensor. En las oficinas de Arrambide había una chica que se llamaba Laura, morena y de cabello lacio, joven y muy simpática; parecía movediza. Me gustaba. Arrambide- no se impacienten, ya diré sobre él- atendía mis consultas, así las llamaré por ahora, en una oficina con alfombras de un color amarillo oscuro, con una ventana que daba hacia la ciudad, aunque solamente se veían los edificios. Recuerdo el color verde de sus cortinas. Tras de Arrambide, que se sentaba en un sillón negro, giratorio, detrás de un escritorio de madera, había libros. A un costado, también un anaquel de libros. Arrambide tenía una mirada penetrante, solía ponerse el bolígrafo en la boca, en señal indagatoria, examinando mis gestos. Hago esta descripción simplemente intentando abogar, ya lo verán, por mi lucidez.

Yo me iba rápidamente, en fin, pensando en las enseñanzas del doctor.

            Quedaba tan impresionado, tan relajado y feliz con dichas enseñanzas sobre las que poco abundaré, que decidía pasear un rato por la Avenida Córdoba, y después me iba para otra Avenida cercana que, creo, era Pueyrredón. En Pueyrredón tomaba el colectivo para volver a casa, pero en Córdoba paseaba. Allí me gustaba pararme en un kiosco de diarios, mientras tenía en mi cabeza a la voz de Arrambide. Recuerdo las luces blancas del negocio, mientras la noche y la melancolía caían sobre Buenos Aires.

            Había un McDonald´s cerca. E iba allí. Era de dos pisos. Yo iba al segundo piso, donde se situaba un gran ventanal desde el cual se veían los edificios y algo del horizonte. Me sentaba en uno de los asientos solitarios con un libro. He de decir, antes de continuar, que al lado, muy cerca del consultorio de Arrambide, se hallaba una librería. Ahí  miraba y miraba los libros; los títulos me producían una excitación algo sexual, o una sensación como una vieja tumba vuelta a la vida. Y compraba algún libro, llevándomelo al McDonald´s. Solía, pues, ver el crepúsculo, rojo como la sangre, con el libro en las manos, y la mirada y los sueños hacia el gran ventanal.

            En el McDonald´s leía, extático y como en sueños, hasta la noche. Todavía me acuerdo bien de las chicas que atendían, que a veces me servían un café, o a veces me decían amablemente si me podía retirar, después de leer tanto tiempo, porque ya no había lugar en el local. Insisto con esta precisión obsesiva en mi presunta lucidez, antes de la revelación…

Así, abstraído, ya cuando era de noche, yo me iba, con Arrambide y los libros en mi cabeza.

Pero una tarde, una tarde gris, algo pesada, yo fui, creía que rutinariamente, a lo de Arrambide. Entonces el doctor, he dicho todavía que no sabía qué doctorado ostentaba, me recibió. Señalaré que nuestras charlas, sin yo preguntar casi nada, fascinado por la personalidad del sabio, versaban sobre libros…creía yo. Él me ensañaba la historia de los libros, la historia de la literatura, me hablaba de Borges, a quien había conocido en persona…creía yo.                    

Arrambide, eso sí, destilaba sabiduría como desde la misma piel.

            Pero aquella tarde gris me anunció una magia que me hizo sonreír cuando le pregunté su nombre completo.

            -Soy el doctor Carlos Arrambide, usted ya lo sabe.

            Tengo que confesar que su impecable educación me trataba de usted. Pero era curioso: no recordaba en la tarjeta el nombre de Carlos. Entonces, no se porqué, le pregunté acerca de su profesión. Dónde había obtenido el doctorado.

            Él compuso una mirada profunda, muy profunda. Me miraba con una seriedad que haría llorar de pena a cualquiera. Es notable, pero ahora asentaré que, en aquella reunión, nada habíamos hablado de libros; en verdad, no recuerdo de qué hablamos, pero, como quien despierta a la realidad, sí que recuerdo la pregunta, su mirada y su respuesta.

            -Psicólogo.

            Y añadió si me sentía bien.

            Yo dije que me sentía perfectamente.

            Luego me preguntó si todo era una broma mía.

            Yo aduje mi perplejidad; le supliqué que se explicara con más calma y extensión.

            Sin embargo, él anudó las manos, y se echó hacia delante; su mirada era tan profunda como el horizonte del mar.

            -Creía que usted sabía que yo lo estoy tratando hace meses. Justamente hablábamos de los problemas que tiene en su trabajo. Me pregunto otra vez si se siente bien.

            Ello fue una descarga para mí. Me levanté, trastabillé, no sabía qué hacer.

El resto de la charla, claro, fue una mera retahíla de medias palabras y de cabeza gacha por mi parte; estaba ansioso por irme, por intentar pensar…  

El doctor Arrambide me dio los últimos consejos acerca de mi vida, de mi mundo. Para mi sorpresa, yo llevaba una buena cantidad de dinero. Adiviné que sería para pagarle. Le pagué, y él sonrió.

            -Son cosas que pasan-dijo, palmeándome.

No necesitaré decir lo que recordé después. No haré ningún comentario excesivo.

            Al salir ya era de noche. Respiré las luces blancas de la Avenida; miré el kiosco de diarios. Después fui a la librería.

            Allí comencé a recordar al fin. Creo que no debo escribir acerca de todo lo que recordé, y respecto a mi repentina y, en cierto sentido, horrorosa lucidez.

El horror, en efecto, de saber que había necesitado tratamiento médico en mi aspereza con la gente; el hecho de que nunca había recibido un tratamiento sobre vida, sobre libros; el hecho de carecer de un mentor gratuito acerca de mi vocación recién desvelada, del descubrimiento de mi personalidad. Desde entonces, para siempre dudé de la realidad. En todo caso, me quedan las imágenes, los libros, la góndola del supermercado…

Yo no diré si Arrambide vino a mí entre los momentos íntimos y exultantes del supermercado, donde examinaba a los libros en la góndola. No hace falta. Que cada cual piense lo que quiera.

No diré, y es lo más importante, si la imagen de los libros, los días pasados rozando los preciados objetos en el supermercado, vinieron antes o después de la catársis con el extraño y singular psicólogo doctor Arrambide. Lo cierto es que hubo un hecho o un pensamiento; un guía, en fin, misterioso que se presentaba en el momento de una vocación juvenil.

Pienso, insisto, que no importa. Cada lector sabrá acerca de su lucidez, sabrá acerca de la veracidad de sus recuerdos. Sabrá, como yo, que resulta igual cómo habremos llegado a las imágenes de la pasión. El Arrambide que se presentó como un guía insospechado, lo dejaré para la imaginación del lector si es producto de mi fantasía, o irrefutable hecho real. Ello repito que no importa; he aprendido que nuestra tan admirada realidad necesita, como los libros, a las fantasías más febriles, más insospechadas, más emotivas... y también, como en este caso, a las más sensatas. 

 

 

 

 

 

destiempos.com  I  Año 1 I  Número 2 I  2006 ©