Espacio de creación

 

 

 

 

 

Alejandro Higashi (México D.F., 1971). Profesor de tiempo completo de la Universidad Autónoma Metropolitana – Iztapalapa, fue becario del programa Becas para Jóvenes Creadores del Instituto Veracruzano de la Cultura entre 1993-1994, por dos veces consecutivas. Publicó en 1995 la plaquette Xalapa y ha publicado traducciones líricas, obras de creación y reseñas de libros de poesía en Alforja, Literal, Diario de Xalapa, Tierra Adentro y en antologías como El jardín de Babel (poesía joven de Veracruz) (Xalapa, 2000). En la actualidad, prepara el poemario Museo.

 

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En la obra de John Turner, la atmósfera es lo primordial:

soles pálidos se esfuerzan por penetrar toda clase de nubes y tempestades;

como señaló cierto crítico, Amanecer a través de la niebla, pintado hacia 1807,

podría ser un título genérico para toda su obra.

 

Turner sólo pudo lograr estos efectos valiéndose del color

y de varios proveedores de confianza radicados en Londres.

Una mañana, visitó a George Field, uno de los más reputados

no sólo por la originalidad de las tonalidades que era capaz de componer,

sino también por su conciencia del tiempo;

Turner, que era pintor y no químico, solicito con cierta ingenuidad

una medida de pigmento rojo oscuro de yodo y mercurio.

Field lo desaconsejó lapidariamente:

“cierto que no hay mejor color para pintar unos geranios,

pero su belleza es casi tan fugaz como la de las flores”.

Turner nunca lo usó, aunque tuvo algunas muestras en su taller,

y la mancha irregular y desteñida en la Cromatología de Field nos dice porqué.

Esa mañana, volvió al trabajo y pintó una marina

con los colores más encendidos de la imaginación,


 

seguro de que la coloración original perduraría.

 

Este problema, que en apariencia es personal e intrascendente,

ha sido uno de los aspectos centrales en mi vida

y en realidad es un asunto que debería tenernos ocupados a todos:

cómo seguir siendo quienes somos a través del tiempo,

sin respirar el aire que nos rodeaba por vez primera en la montaña para no perderlo,

pero tampoco sin asfixia;

cómo desnudarse lentamente para llegar al filo de este día

sin mis mentiras y las tuyas, pero también sin esa verdad muchas veces dolorosa;

cómo dejar de tener veinte años y llegar hasta aquí

para sentirnos poderosos sobre la falsa altura de un puente en una calle transitada;

cómo partir sin perder el equilibrio y la cordura,

entre la luz y las sombras de los árboles que atraviesan las ventanas del tren de existir

y raramente se detienen sólo el tiempo necesario

para pensar que estamos en un aquí más de la vida que llega o se va, muchas veces sin nosotros.

 

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Stella was a diver and she’s always down... 

Cuando Stella camina por las calles se refleja siempre en los ojos de algún extraño

que en secreto espera un tropiezo sin importancia o su desplome desde el más alto edificio de la vida.

Entonces, simplemente no sabe bien a bien para dónde seguir

sin dar ese tropiezo tan esperado por su público al borde del asiento.

Entonces, simplemente no tiene fuerzas para seguir

y se desmorona como un muñeco de galleta

(pero nunca se derrumba de verdad, porque todo para ella no es más una gran broma).

Entonces, simplemente escapa de sí por una alcantarilla en su cabeza

(pero no escapa, porque tercamente siempre se acompaña para ver en qué termina todo esto de existir).

 

Al final, como sucede con todos nosotros aunque no lo confesemos,

quizá se queda más cuando se marcha y sólo permanece casualmente cuando se queda,

porque sigue ahí en el momento de encender otra vez las luces:

Stella tiene un ombligo transparente y a través de él

se puede ver el universo,

luego juega con su sombra mientras el mundo colapsa con el primer café de la mañana.

Pronto, con muy pocas palabras (muy pocas, pero muy precisas) se desnuda y se viste de pájaros

y entonces vuela tomada de mis manos

y de mis cejas

y de mi sexo

para no perderse en tanto viento

ni extrañar otra frágil canción de cuna

ni olvidar el último estribillo de una canción inmensamente triste...

 

De todos modos, en el gran juego de jugar en esta vida sólo ella resulta ganadora,

porque eso de jugar se lo ha tomado siempre con la mayor seriedad desde hace muchos años

y más que una mujer es un gato equilibrista caminando sobre el exacto filo de una canción

que sirve para cortar o para sanar todas sus heridas.

 

Stella no es linda

(sí lo es, y mucho, pero no le gusta escuchar cosas triviales),

pero es tibia como un pensamiento de la infancia

y rápida y caliente como esa bala de azúcar que incrementa el costo de una lavandería metafísica;

sentada en un poco de musgo pasa la noche despierta

y al día siguiente baila desnuda sobre una mesa vegetal, con un Paraíso Perdido de telón de fondo;

luego respira, mete su mano en un sombrero

y aparece uno, dos, tres conejos transparentes, porque es maga,

porque ha venido para transformar el polígono perfecto de cualquier árida existencia.

Stella escribe en los muros para que todos lo sepan (¿sepan qué?),

pero escribe con un lenguaje nuevo y entonces nadie se entera de nada

y nada cambia entre ella y yo

o entre ella y ella (pero no le gusta pasar las tardes de verano encerrada en los espejos)

y entonces todo parece más confuso porque en realidad resulta profundamente claro:

cuando dice sí es sí; cuando dice nunca por lo general quiere decir jamás;

cuando está triste, con un poco de llanto diluye todas las estrellas rondando en su cabeza.

 

Y canta y canta y baila y baila,

mientras instintivamente atrae la belleza

(y también la felicidad,

tan necesaria para entender a la primera),

después simplemente compone su vida de acuerdo a las leyes que rigen su locura,

reglas de oro que todos respetan menos ella,

un poco más loca que los demás

y un poco más despierta en una fiesta donde todos han caído en la tentación del sueño...

Hay mucho en ti de invisible,

mucho en ti de indecible; pero al final ni lo que callas ni lo que escondes te define:

sólo aquello que te mueve puede hacerlo: una canción, el amor, un poco de silencio.

 

Stella es así:

tiene todo su amor atrapado en una caja

como se atrapa sin querer un cardumen de peces tropicales

y después lo suelta en el océano, donde siempre quiso estar,

y su amor se distribuye uniformemente a su alrededor como una suave ola.

Porque cuatro espinas

no bastan nunca para protegerla de los peligros del mundo...

Por ello a menudo preferimos estar quietos,

en secreto, sin que nadie nos vea,

en lo más profundo del mar más profundo...

Una flor con cuatro espinas,

lo que el amor debería ser en todo momento,

en todo lugar... lo que al amor le pertenece y sólo para Stella es absoluta y absurdamente necesario.

 

Stella encierra un secreto

como se encierra una semilla en un poco de migajón de pan, esperando a que germine.

Y aunque a veces le dan ganas de no esperar y simplemente marcharse, sigue aquí.

Por suerte para todos sigue aquí.

 

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destiempos.com  I  Año 1 I  Número 2 I  2006 ©